La profesora de Escritura creativa avanzada blandía un tocho de cien páginas en cuya portada se podía leer "erase una vez un libro", paseando silenciosa y lentamente por el aula y mirando al suelo. —Siempre sorprendes Antonio, —dijo de pronto levantando la cabeza mirando al infinito, — y como siempre sorprendes ya dejas de sorprender. Los quince protoescritores que formaban el alumnado cabizbajearon, pero Antonio, el autor, con un gesto de disconformidad levantó la cabeza y contestó a la profesora, y de la conversación que surgió entre Antonio y profesora doy testimonio ante el juez. —Comience, —dijo el juez. — A continuación leeré la transcripción del diálogo según sucedió, le hago entrega del pendrive con la grabación de la clase donde consta, —y el abogado empezó a leer el diálogo: — Profesora Finín, ¿qué es lo que no le gusta exactamente de mi libro? Su crítica, entiendo que es, que soy previsible, pero eso es tener estilo, según nos dice en las clases, es mear y ...
Me gustan. Son visuales y sencillos.
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