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Mostrando entradas de junio, 2026

El susurro

  Navegando con la suave brisa de la mañana, sentada en el faldón de popa y mirando al infinito, dejo que mis pensamientos se enreden e hilen historias imposibles que el viento de poniente termina llevándose. El agua salada acaricia mis pies y deja una estela sobre el mar, como si escribiera un poema efímero que me mantiene hipnotizada. De fondo se escuchan risas, canciones y conversaciones; me llaman, pero son voces que el viento arrastra lejos de mí. Y yo disfruto del momento. Aquí, sentada en este velero, aislada en mi pequeño mundo secreto, cierro los ojos y siento el agua fresca en mis pies, el viento en mi cara, el sol en mi piel, la sal en mi paladar… y en mis oídos, la caricia del susurro de este mar mío, el mismo que desde pequeña he disfrutado y que tantos secretos guarda. A veces, cuando presto mucha atención, me los cuenta. Secretos de amores y traiciones, de odios y anhelos, de esperanzas imposibles; secretos de vidas que intento plasmar en un papel con sumo cu...

Desalmado

Hoy he amanecido con los pies hinchados. A veces son otras partes del cuerpo. O del alma. Nunca he comprendido cómo puede hincharse hasta llegar a romperse. A mí ya no me duele el dolor ajeno. Me he acostumbrado. Quizás sea porque el alma no existe y sin alma no tendré que darle cuentas a Dios. Cuando era pequeña me encantaba meterme en los charcos. Saltaba con ímpetu y el agua salía por debajo de mis botas como un géiser. Me empapaba la cara y yo reía mostrando las tiernas encías desdentadas. Mi madre no reía. Mi madre no entendía aquel placer travieso. Hoy ya no llueve. Las DANAS acaban con todo devorando lo que encuentran a su paso. Los niños no juegan con los charcos. La tierra se ha vuelto seca, un erial. Cuando crecí seguí metiéndome en charcos que me han dejado herida. En ellos he sentido el dolor que duele, el de verdad: el propio. He sabido escapar a punto de ahogarme, calada hasta los huesos. Pero me han servido para aprender. He aprendido que no debo decirle a mi amiga que...

Mis veranos olvidados.

Siempre fui un niño triste, callado, tranquilo hasta el extremo; sería por mi problema cardiovascular o mi aguda alexitimia, pero nunca me interesó nunca mucho nada. Las risas me parecían algo extraño, incluso molesto, ruidoso. Los juegos, las carreras, los escondites, los juguetes... todo eso era tan extraño para mi. Me gustaba mirar por la ventana, contar las gotas de agua que caían en la lluvia, o como bailaban las briznas de hierba en el verano. Odiaba el mar, ¡aaaah!¡cómo lo odiaba! Mi madre, con su eterna mirada vacía, me dejaba en aquel cutre balneario, con los pies colgando, sentado sobre unas tablas viejas, con los pies en el agua, ese agua caliente, como de charco al sol. Yo agachaba la cabeza, cubierta por un enorme sombrero de tela que me protegía, miraba mis pies, mis pequeños pies en el agua, ese agua caliente, o miraba los pececillos nadar, me gustaba imaginar que bailaban en una eterna fiesta de gala, como en las películas antiguas, esas películas en blanco y neg...

El susurro

Navegando con la suave brisa de la mañana, sentada en el faldón de popa y mirando al infinito, dejo que mis pensamientos se enreden e hilen historias imposibles que el viento de poniente termina llevándose.  El agua salada acaricia mis pies y deja una estela sobre el mar, como si escribiera un poema efímero que me mantiene hipnotizada. De fondo se escuchan risas, canciones y conversaciones; me llaman, pero son voces que el viento arrastra lejos de mí.  Y yo disfruto del momento.  Aquí, sentada en este velero, aislada en mi pequeño mundo secreto, cierro los ojos y siento el agua fresca en mis pies, el viento en mi cara, el sol en mi piel, la sal en mi paladar… y en mis oídos, la caricia del susurro de este mar mío, el mismo que desde pequeña he disfrutado y que tantos secretos guarda. A veces, cuando presto mucha atención, me los cuenta. Secretos de amores y traiciones, de odios y anhelos, de esperanzas imposibles; secretos de vidas que intento plasmar en un papel con...

Espejo Marino

Oigo al mar llamarme por mi nombre, y a la arena seca, que se sumerge en su espuma, clamar por la piel de mis pies. No sé cuánto tiempo llevo mirando esa orilla verdosa y a la gente entrar en sus aguas. Hace tanto que no he tentado a las olas a tocarme siquiera. Algo en su profundo turquesa ondea con sus misterios. Todos los días me acerco a la playa, a unos metros del vaivén de la marea. Me descalzo, dejo que mis pies sientan la arena y que los dedos recojan sus grumos. Hoy, el magnetismo de la orilla me doblega. Doy un paso al frente. El roce del agua en mi empeine no es frío; es una caricia que se disuelve en mi piel. Al hundir los talones en la arena húmeda, bajo el agua transparente, siento el pánico de la licuefacción. No temo ahogarme; temo deshacerme. Temo que el mar borre mis contornos, que mis piernas se vuelvan corrientes y mi memoria, sal. Sé que, si avanzo un poco más, si permito que el agua me cubra los tobillos, dejaré de ser yo. ¿Me convertiré en un pólipo primitivo a...

Pies de encaje blanco

   Era bastante pequeña, cuando comencé a notar, en la planta de los pies unos puntos rojos, se lo dije a mi madre y como era habitual, ya arranco ella con echarme la responsabilidad.  - Siempre te digo que no andes descalza, ponte calcetines y zapatos, ¿ Para que los quieres?, a lo que añadía el sempiterno final de todas sus frases, en cuanto a diagnósticos - ¨ Eso no es nada¨. Fue pasando el tiempo y aparecieron encima de los puntos unas placas blancas y gris plata, eran como escamas, que bien parecía que me estuviera convirtiendo en una sirena. Parecía que mis pies llevaran un vestido de encaje blanco. Llegado a este punto, me llevaron al médico y este lo tuvo muy claro. - La niña tiene psoriasis plantar, ( Fácilmente confundible con el eccema dishidrótico ) ahora lo se por que existe internet, pero también sé que el tratamiento es el mismo. Mi madre preguntó si yo tenía culpa por ir descalza y el do...