Inexistentes
—¿Pero, a qué hueles? ¡Hueles a pis, tío! ¡Qué asco! ¡Te has meado encima! ¡Profe, Daniel se ha meado! —¿Cómo que se ha meado? Daniel, acércate. ¿Qué es eso de que te has meado? El muchacho avanza con la cabeza gacha hacia la mesa del profesor. Unos ríen, otros se tapan la nariz. Conforme se acerca, el profesor arruga la nariz. —¿Daniel? ¿Qué ha pasado? ¿Es una broma o tienes algún problema, hijo? —No soy su hijo. —Lo sé, Daniel. Da igual. No puedes quedarte así en clase. Dime que ha pasado. Ni se te ocurra decirle nada a este tipo. Daniel permanece en silencio sin mirar al profesor. El hombre espera durante unos largos segundos. No puede interrumpir otra vez la clase por el muchacho. —Mira, da igual. Ve a conserjería. Llama a tus padres y que te traigan ropa. El chico obedece. Se dirige hacia la puerta despacio. Los compañeros le insultan en voz baja: “Guarro. Meón. Pirado. Niño de teta. Pañalitos. Rarito…”, según su creatividad. Invisibles, inaudibles, irrelevantes… Cabezas calvas y ...