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Mostrando entradas de mayo, 2026

Lo que sé de mis cicatrices

Lo que sé de mis cicatrices de los muslos: cuando se han curado y tienen el aspecto de una cordillera, las voy raspando con las uñas de los dedos gordos hasta que se vuelven a abrir y sangran, y entonces, vistas como si fueran un paisaje, parecen un cordillera con una gran erupción volcánica. Las cicatrices abiertas y cerradas varias veces se convierten en cordilleras, son la mejores, son cicatrices gruesas y elevadas, como escritas en braille. Cuando las cicatrices abiertas se infectan y supuran, blanquean, y entonces parecen una cordillera nevada que duele, y este dolor me excita. Cuando ocurre el silencio, a veces me resulta muy difícil reprimirme y me pellizco los muslos hasta hacerme sangre. Cordilleras volcánicas y luego cordilleras nevadas. Verlas de cerca, acercar las manos a los ojos con una buena luz blanca y examinarlas, como si fueran un mapamundi, y hacer heriditas en ese paisaje, y ver cómo se forman cordilleras volcánicas, que sangran, que mal tratadas se convierte en ...

Los pies bajo el agua

La novia, ya dormía en los “modernos colchones de esponja”. Los de lana y borra se habían quedado en la casa de campo que les dejaban los señoritos, para vivir y trabajar en sus tierras. Al irse al pueblo, aunque seguían llevando ese trabajo ya no vivían en esta casita. El novio se empeñó en que quería para la habitación matrimonial un colchón de lana. Vamos, de esa lana de verdad, de la que esquilan a las ovejas. La novia se moría por uno de esos que le llamaban Flex, pero no pudo convencer al novio. Las madres de ambos se pusieron de acuerdo para comprar la lana. Bueno, he de decir que las madres en esos tiempos eran quiénes “dirigían la orquesta” del futuro matrimonio. Cuando vi los sacos de lana, por poco me da un “patatús”. No me había dado cuenta de la mierda que podría llevar una oveja encima. Aquello no había por dónde cogerlo y tenía mucho trabajo ponerlo en condiciones. En primer lugar había que ir a una finca de riego donde pasara una boquera de agua continuamente. Pedir per...

Mentiras piadosas

Marta era mi amiga y bien que me lo demostró. Yo estaba pasando una época delicada, una crisis, me había separado y estaba de mudanza. Dejaría la casa familiar, eso habíamos pactado quien había sido mi pareja y yo, y me llevaría mis enseres y algunos muebles, pero no tenía donde ir que me interesara y no paraba de buscar. Marta me había llamado por teléfono esa mañana y al conocer el quebradero de cabeza que me invadía, me hizo una propuesta, de esas que solo hacen los amigos de verdad. El piso que tengo en la calle Lope de Vega, se me acaba de desocupar y aún no he vuelto a alquilarlo, te vas allí el tiempo que necesites, ¿ me oyes?. Si, te oigo -le dije- pero no quiero molestarte, en todo caso te pagaría el alquiler. Que te olvides de todo eso, es un sitio para relajarte precisamente, coger fuerzas, impulso, y pensar en una estupenda vida nueva. Te voy a hacer caso Marta, porque lo cierto es que estoy muy agobiada. A lo que me contestó con mucha ternura. Lo se, y por si te interesa ...

Una mirada más, una vida menos

Entre cortinas y penumbras ahí estaba ella preciosa, discreta, agri dulce y salada. Miraba sin ser vista al exterior, gustándole todo lo que veía, siempre detrás de la ventana, entre cortinas por si la juzgaban. Yo al lado de ella tanto la amé que nos convertimos en un mismo ser, observábamos a unos niños que reían en el parque mientras jugaban al fútbol con el balón y le dije. - Querida parecen felices, qué tal si nos vestimos y bajamos a jugar con ellos, nos lo pasaremos genial. - ¿Qué dirán? somos ya mayores para esos juegos. Dijo ella con una delicada sonrisa. - Pero no somos mayores para reírnos y ser felices ¿Qué más da lo que digan? Entonces se escuchó un golpe seguido de gritos e insultos. Inmediatamente volvimos a mirar. Un niño le había pegado una patada a otro para evitar el gol. -Ves querido, se te olvida la maldad de estos pequeños, ya te apartaron haciéndote vacío en el colegio, otros te pegaron, cuántos días pasaste hambre porque te robaron el bocata. Sólo mi amor te cu...

Soledad de bordes suaves

Waldo sonríe. Levanta sus binoculares y mira hacia abajo buscando las manos de la señora Celeste. Así la ha llamado él. Desde el octavo piso, apostado en su silla de mimbre, observa al mundo inferior desde su balcón. Tres pisos abajo y frente a él, se sitúa el edificio que sus ojos escudriñan. La ventana de la cocina de doña Celeste no es grande, pero desde ella ve cómo abre su libro de cocina y selecciona una receta. —¿Qué comeremos hoy, Celi? Veamos. No, no titubees. Vamos, esa de allí. Mira qué foto más chula, hasta acá huele delicioso. Berenjena rellena, fantástico. No te apresures, ¿eh? Celeste desaparece de la ventana dispuesta a poner en la encimera los ingredientes requeridos. Waldo se levanta de su silla, entra en su acristalado apartamento con acabados color humo cálido. Va a la cocina a seleccionar los suyos. Regresa al balcón y coloca todo encima de una mesilla y luego se sienta al borde de la silla. Toma los binoculares y Celeste va cortando las verduras. Al mismo ritmo,...

La ventana

Ya están las cotillas otra vez en la calle; reunión de cotorras como todas las tardes, sentadas en sus sillas de madera, pegadas a la pareta; unas cosiendo, otras haciendo molde, otras ganchillo, hablando de todo lo que acontece y sucede en el pueblo. Lola hoy ha sacao tostones. Hoy está contentica, eso es que su Manolo le ha traído la paga y está de buenas. Cuánto va a sufrir esta mujer con ese demonio de hombre, que solo sabe soltar estufios y siempre va engangrenao. Todavía me acuerdo aquel día que ella salió con el ojo morao; decía que había tropezao, y yo, desde mi casa oía el trajín que tenían montao. Hasta salió una zafa volando por la ventana, que por poco le da a la zagala de Anselmo. Y Anselmo, otro que tal baila. Mira también está sentaica la Paca, su mujer. ¡Ay, la Paca! Ocho zagales tiene con Anselmo. Ese hombre no tiene cabeza, aunque tiene los huevos muuu bien puestos, como dice él. Claro, como él no tiene que parir, pues a fabricar zagales. Pero ella no se queja. Gra...

Pelo rizado

Sólo dos o tres veces la había visto, creo que suficiente. Una sonrisa, un inocente intercambio de miradas, apreciar cómo ocupaba el espacio. Suficiente. Siempre la observo desde lejos, sus ademanes risueños, su inquebrantable sonrisa eterna. Esa bondad que supura de todas sus acciones. Y yo, triste e inocente la miro con envidia, con deseo, con celo. Me escondo entre la gente, la observo desde cierta distancia, reír, bailar, hablar... Escondida detrás de unas gafas de sol me hallo, camuflada entre la multitud, Con ese miedo a ser descubierta, con ese deseo de serlo. Mis ojos soportan toda la melancolía de las noches y ella baila como si el resto del universo no existiera. Cuando la luna me susurra al oído que es hora de marcharse, recojo mis bártulos, hecho el último vistazo de soslayo. Suspiro, y arrastrando los pies me marcho. Allí la dejo, siendo la reina de mis fantasías, el deseo de mi piel, y el anhelo de mis dedos. Tiago.

Palabras acabadas en erre, ge y o

Pardo, sargo, amargo, embargo, cargo, ergo.. Encorvado, masturbándose, mira el pasillo por la ventana de rejillas de la puerta de la habitacioncita de la limpieza. Mergo, largo, hurgo, pargo, purgo, virgo... Susurrando palabras acabadas en erre, ge y o, se masturba indolente, más para lograr un estado zen, una consciencia completa de la mera existencia, que por razones eróticas. Empieza a pasar la gente, de dos en dos, solas, de tres en tres y hasta en grupos de cuatro. Yergo, otorgo, albergo, burgo, margo... Encorvado, porque es alto y la ventana de respiración de la puerta está un poco baja, se masturba mirando pasar a la gente. Letargo, envergo, alfargo, expurgo... Es la otredad, sentirse el otro, sentir ser los que pasan, eso es excitante, empatía plena sin ser visto, así, invisible, siendo cada uno de los que pasan. Pigargo, repurgo, licurgo, esturgo... Zapatos, pendientes, cinturones, labios rojos, cintas, corbatas, hombreras, braguetas y ojos, y murmullos y manos que se apoyan...

Un cuarto sin ventanas

Las ventanas son ojos. Cerrados o abiertos. Abiertos dibujan en la mirada tristeza o alegría; melancolía o fortaleza. Cerrados duermen, sueñan, tropiezan. Los ojos hablan o callan; ríen o lloran; descubren…como las ventanas. La ventana tiene párpados. Si están cerrados nos perdemos el sol, la lluvia, el miedo y el cuarto se viste de negro.... La oscuridad desaparece cuando subimos los párpados. Como las ventanas. Con la punta de la nariz pegada al cristal los ojos buscan actores para este teatro que es la vida. Desfilan, ajenos a nuestra mirada indiscreta, el ganador, el frustrado, el mentiroso, el mentido; compadecen el lento caminar del adicto al dolor que se bambolea como una barca varada, a merced del viento. Desde arriba es fácil distinguir el ir y el venir de cada día. De cada uno. La calma y el ruido de los otros. Pero los otros no saben que son los actores de una obra no escrita. No saben que hay que llevar la mirada bien alta, altiva…desde alguna ventana alguien nos vigila...

Silencio

¡Y Válgame san válgame! Mi vecina la lechuza, se pasa el día mirando a través de la ventana, y no se le escapa nadie de noche ni de mañana, se acomoda en su sillón tras la persiana bajada le deja los agujeros abiertos para su cara, y con las gafas de aumento más ese vaho que suelta... puede que en algún momento se me quede medio tuerta, y, ella, dale que dale, mirar sin abrir la puerta. El otro día el cocido no se libró de la quema, los garbanzos perdigones y la carne hecha una pena, dice que se comió un huevo frito, la clara y la yema, porque el guiso era carbón, y de humo, la calle llena, que ella se había marchado y que no le pilló en casa, la excusa tonta de siempre, mas a mi no me la pega, yo sé que estaba mirando por detrás de la persiana, porque pasé caminando y me paré allí embobada al ver un ojo brillante en agujero asomaba y un resuello silencioso que en la nuca me pegaba ¡Madre mía, y qué susto! que me pegó la jodía, mas si esconderse es su gusto allá ella, con su manía. ...

Youth

Ahora está mucho más delgada que al principio. Es más difícil verla, porque casi nunca entra a la habitación sola, pero es obvio que está más delgada. Ella nunca tuvo la precaución de pasar las cortinas. Ahora son los otros quienes pasan las cortinas. La primera vez que la vi… mejor dicho, que la miré, porque la había visto siempre, en la ventana frente a la mía. No le había prestado atención nunca, hasta ese día. Era verano y estaban las ventanas abiertas, la suya y la mía. Oí un jadeo. Pensé mal, la verdad, y miré. Porque así somos las personas, ¿no? Y no vi nada. Creí que vería algo sórdido en su habitación, que la vería sobre la cama junto a algún tío bronceado (recuerdo que sentí vergüenza de mi palidez al pensarlo, y asco). Pero, no vi a nadie. Agucé el oído y me di cuenta de que el jadeo no era de ese tipo. Luego la oí gritar. Su madre tardó un rato en acudir, y luego… Bueno, la primera ambulancia. Estuvo ausente dos semanas. Entonces empecé a mirar hacia su ventana a diario, ...