Entradas

Lo que sé de mis cicatrices

Lo que sé de mis cicatrices de los muslos: cuando se han curado y tienen el aspecto de una cordillera, las voy raspando con las uñas de los dedos gordos hasta que se vuelven a abrir y sangran, y entonces, vistas como si fueran un paisaje, parecen un cordillera con una gran erupción volcánica. Las cicatrices abiertas y cerradas varias veces se convierten en cordilleras, son la mejores, son cicatrices gruesas y elevadas, como escritas en braille. Cuando las cicatrices abiertas se infectan y supuran, blanquean, y entonces parecen una cordillera nevada que duele, y este dolor me excita. Cuando ocurre el silencio, a veces me resulta muy difícil reprimirme y me pellizco los muslos hasta hacerme sangre. Cordilleras volcánicas y luego cordilleras nevadas. Verlas de cerca, acercar las manos a los ojos con una buena luz blanca y examinarlas, como si fueran un mapamundi, y hacer heriditas en ese paisaje, y ver cómo se forman cordilleras volcánicas, que sangran, que mal tratadas se convierte en ...

Los pies bajo el agua

La novia, ya dormía en los “modernos colchones de esponja”. Los de lana y borra se habían quedado en la casa de campo que les dejaban los señoritos, para vivir y trabajar en sus tierras. Al irse al pueblo, aunque seguían llevando ese trabajo ya no vivían en esta casita. El novio se empeñó en que quería para la habitación matrimonial un colchón de lana. Vamos, de esa lana de verdad, de la que esquilan a las ovejas. La novia se moría por uno de esos que le llamaban Flex, pero no pudo convencer al novio. Las madres de ambos se pusieron de acuerdo para comprar la lana. Bueno, he de decir que las madres en esos tiempos eran quiénes “dirigían la orquesta” del futuro matrimonio. Cuando vi los sacos de lana, por poco me da un “patatús”. No me había dado cuenta de la mierda que podría llevar una oveja encima. Aquello no había por dónde cogerlo y tenía mucho trabajo ponerlo en condiciones. En primer lugar había que ir a una finca de riego donde pasara una boquera de agua continuamente. Pedir per...

Mentiras piadosas

Marta era mi amiga y bien que me lo demostró. Yo estaba pasando una época delicada, una crisis, me había separado y estaba de mudanza. Dejaría la casa familiar, eso habíamos pactado quien había sido mi pareja y yo, y me llevaría mis enseres y algunos muebles, pero no tenía donde ir que me interesara y no paraba de buscar. Marta me había llamado por teléfono esa mañana y al conocer el quebradero de cabeza que me invadía, me hizo una propuesta, de esas que solo hacen los amigos de verdad. El piso que tengo en la calle Lope de Vega, se me acaba de desocupar y aún no he vuelto a alquilarlo, te vas allí el tiempo que necesites, ¿ me oyes?. Si, te oigo -le dije- pero no quiero molestarte, en todo caso te pagaría el alquiler. Que te olvides de todo eso, es un sitio para relajarte precisamente, coger fuerzas, impulso, y pensar en una estupenda vida nueva. Te voy a hacer caso Marta, porque lo cierto es que estoy muy agobiada. A lo que me contestó con mucha ternura. Lo se, y por si te interesa ...

Una mirada más, una vida menos

Entre cortinas y penumbras ahí estaba ella preciosa, discreta, agri dulce y salada. Miraba sin ser vista al exterior, gustándole todo lo que veía, siempre detrás de la ventana, entre cortinas por si la juzgaban. Yo al lado de ella tanto la amé que nos convertimos en un mismo ser, observábamos a unos niños que reían en el parque mientras jugaban al fútbol con el balón y le dije. - Querida parecen felices, qué tal si nos vestimos y bajamos a jugar con ellos, nos lo pasaremos genial. - ¿Qué dirán? somos ya mayores para esos juegos. Dijo ella con una delicada sonrisa. - Pero no somos mayores para reírnos y ser felices ¿Qué más da lo que digan? Entonces se escuchó un golpe seguido de gritos e insultos. Inmediatamente volvimos a mirar. Un niño le había pegado una patada a otro para evitar el gol. -Ves querido, se te olvida la maldad de estos pequeños, ya te apartaron haciéndote vacío en el colegio, otros te pegaron, cuántos días pasaste hambre porque te robaron el bocata. Sólo mi amor te cu...

Soledad de bordes suaves

Waldo sonríe. Levanta sus binoculares y mira hacia abajo buscando las manos de la señora Celeste. Así la ha llamado él. Desde el octavo piso, apostado en su silla de mimbre, observa al mundo inferior desde su balcón. Tres pisos abajo y frente a él, se sitúa el edificio que sus ojos escudriñan. La ventana de la cocina de doña Celeste no es grande, pero desde ella ve cómo abre su libro de cocina y selecciona una receta. —¿Qué comeremos hoy, Celi? Veamos. No, no titubees. Vamos, esa de allí. Mira qué foto más chula, hasta acá huele delicioso. Berenjena rellena, fantástico. No te apresures, ¿eh? Celeste desaparece de la ventana dispuesta a poner en la encimera los ingredientes requeridos. Waldo se levanta de su silla, entra en su acristalado apartamento con acabados color humo cálido. Va a la cocina a seleccionar los suyos. Regresa al balcón y coloca todo encima de una mesilla y luego se sienta al borde de la silla. Toma los binoculares y Celeste va cortando las verduras. Al mismo ritmo,...

La ventana

Ya están las cotillas otra vez en la calle; reunión de cotorras como todas las tardes, sentadas en sus sillas de madera, pegadas a la pareta; unas cosiendo, otras haciendo molde, otras ganchillo, hablando de todo lo que acontece y sucede en el pueblo. Lola hoy ha sacao tostones. Hoy está contentica, eso es que su Manolo le ha traído la paga y está de buenas. Cuánto va a sufrir esta mujer con ese demonio de hombre, que solo sabe soltar estufios y siempre va engangrenao. Todavía me acuerdo aquel día que ella salió con el ojo morao; decía que había tropezao, y yo, desde mi casa oía el trajín que tenían montao. Hasta salió una zafa volando por la ventana, que por poco le da a la zagala de Anselmo. Y Anselmo, otro que tal baila. Mira también está sentaica la Paca, su mujer. ¡Ay, la Paca! Ocho zagales tiene con Anselmo. Ese hombre no tiene cabeza, aunque tiene los huevos muuu bien puestos, como dice él. Claro, como él no tiene que parir, pues a fabricar zagales. Pero ella no se queja. Gra...

Pelo rizado

Sólo dos o tres veces la había visto, creo que suficiente. Una sonrisa, un inocente intercambio de miradas, apreciar cómo ocupaba el espacio. Suficiente. Siempre la observo desde lejos, sus ademanes risueños, su inquebrantable sonrisa eterna. Esa bondad que supura de todas sus acciones. Y yo, triste e inocente la miro con envidia, con deseo, con celo. Me escondo entre la gente, la observo desde cierta distancia, reír, bailar, hablar... Escondida detrás de unas gafas de sol me hallo, camuflada entre la multitud, Con ese miedo a ser descubierta, con ese deseo de serlo. Mis ojos soportan toda la melancolía de las noches y ella baila como si el resto del universo no existiera. Cuando la luna me susurra al oído que es hora de marcharse, recojo mis bártulos, hecho el último vistazo de soslayo. Suspiro, y arrastrando los pies me marcho. Allí la dejo, siendo la reina de mis fantasías, el deseo de mi piel, y el anhelo de mis dedos. Tiago.

Palabras acabadas en erre, ge y o

Pardo, sargo, amargo, embargo, cargo, ergo.. Encorvado, masturbándose, mira el pasillo por la ventana de rejillas de la puerta de la habitacioncita de la limpieza. Mergo, largo, hurgo, pargo, purgo, virgo... Susurrando palabras acabadas en erre, ge y o, se masturba indolente, más para lograr un estado zen, una consciencia completa de la mera existencia, que por razones eróticas. Empieza a pasar la gente, de dos en dos, solas, de tres en tres y hasta en grupos de cuatro. Yergo, otorgo, albergo, burgo, margo... Encorvado, porque es alto y la ventana de respiración de la puerta está un poco baja, se masturba mirando pasar a la gente. Letargo, envergo, alfargo, expurgo... Es la otredad, sentirse el otro, sentir ser los que pasan, eso es excitante, empatía plena sin ser visto, así, invisible, siendo cada uno de los que pasan. Pigargo, repurgo, licurgo, esturgo... Zapatos, pendientes, cinturones, labios rojos, cintas, corbatas, hombreras, braguetas y ojos, y murmullos y manos que se apoyan...

Un cuarto sin ventanas

Las ventanas son ojos. Cerrados o abiertos. Abiertos dibujan en la mirada tristeza o alegría; melancolía o fortaleza. Cerrados duermen, sueñan, tropiezan. Los ojos hablan o callan; ríen o lloran; descubren…como las ventanas. La ventana tiene párpados. Si están cerrados nos perdemos el sol, la lluvia, el miedo y el cuarto se viste de negro.... La oscuridad desaparece cuando subimos los párpados. Como las ventanas. Con la punta de la nariz pegada al cristal los ojos buscan actores para este teatro que es la vida. Desfilan, ajenos a nuestra mirada indiscreta, el ganador, el frustrado, el mentiroso, el mentido; compadecen el lento caminar del adicto al dolor que se bambolea como una barca varada, a merced del viento. Desde arriba es fácil distinguir el ir y el venir de cada día. De cada uno. La calma y el ruido de los otros. Pero los otros no saben que son los actores de una obra no escrita. No saben que hay que llevar la mirada bien alta, altiva…desde alguna ventana alguien nos vigila...

Silencio

¡Y Válgame san válgame! Mi vecina la lechuza, se pasa el día mirando a través de la ventana, y no se le escapa nadie de noche ni de mañana, se acomoda en su sillón tras la persiana bajada le deja los agujeros abiertos para su cara, y con las gafas de aumento más ese vaho que suelta... puede que en algún momento se me quede medio tuerta, y, ella, dale que dale, mirar sin abrir la puerta. El otro día el cocido no se libró de la quema, los garbanzos perdigones y la carne hecha una pena, dice que se comió un huevo frito, la clara y la yema, porque el guiso era carbón, y de humo, la calle llena, que ella se había marchado y que no le pilló en casa, la excusa tonta de siempre, mas a mi no me la pega, yo sé que estaba mirando por detrás de la persiana, porque pasé caminando y me paré allí embobada al ver un ojo brillante en agujero asomaba y un resuello silencioso que en la nuca me pegaba ¡Madre mía, y qué susto! que me pegó la jodía, mas si esconderse es su gusto allá ella, con su manía. ...

Youth

Ahora está mucho más delgada que al principio. Es más difícil verla, porque casi nunca entra a la habitación sola, pero es obvio que está más delgada. Ella nunca tuvo la precaución de pasar las cortinas. Ahora son los otros quienes pasan las cortinas. La primera vez que la vi… mejor dicho, que la miré, porque la había visto siempre, en la ventana frente a la mía. No le había prestado atención nunca, hasta ese día. Era verano y estaban las ventanas abiertas, la suya y la mía. Oí un jadeo. Pensé mal, la verdad, y miré. Porque así somos las personas, ¿no? Y no vi nada. Creí que vería algo sórdido en su habitación, que la vería sobre la cama junto a algún tío bronceado (recuerdo que sentí vergüenza de mi palidez al pensarlo, y asco). Pero, no vi a nadie. Agucé el oído y me di cuenta de que el jadeo no era de ese tipo. Luego la oí gritar. Su madre tardó un rato en acudir, y luego… Bueno, la primera ambulancia. Estuvo ausente dos semanas. Entonces empecé a mirar hacia su ventana a diario, ...

El relato que Santiago entregó mañana

Era temprano, tarde o noche… El sol no tenía cara para decirlo. En su memoria había nubes o velos, o lagañas en los ojos. Bruma tardía de un sueño aletargado expuesto a largas horas de consumo. Mente adornada de chispazos neuronales. Entonces, ¿qué son la conciencia o la memoria misma? Santiago no sabía si lo que tenía allí, ante sus ojos, era un relato o una forma de ganar tiempo. Tenía que entregar un texto al día siguiente al mediodía, como máximo. Los límites, después de todo, son una estela amarga. Eso era un hecho. Lo demás empezaba a volverse borroso en cuanto intentaba escribirlo. El ordenador tenía un rostro demasiado deslumbrante. Cerró los ojos. Aun así, el brillo le quemaba los ojos. Abrió el documento, escribió su nombre en la parte superior y lo miró durante unos segundos, como si no terminara de pertenecerle. Soy yo o no. ¿Qué dice un nombre? Un genérico. Santiago, ocho letras, una nada. Decidió usar la tercera persona. Era más fácil observarse desde fuera. Menos compr...

El último cumpleaños

Vanesa estaba muy segura y decidida, quería hacer lo que le salía del corazón y era no querer estar en ninguna otra parte que no fuera allí mismo a su lado. Unos días antes habían recibido aquella noticia tan desgarradora. A su marido le habían diagnosticado un cáncer de pulmón y mucho peor, metástasis en clavícula y cadera. Un cáncer en estadio IV, un horror. Él estaba casi un mes con un dolor fuerte en el hombro, muy cansado, pérdida importante de peso y en principio se pensó que era una simple tendinitis. Sus vidas se tambalearon con una sacudida espantosa. Ella había llorado desconsolada delante del médico, este era especialista en neumología y les habló aquella tarde, de algo de esperanza, de nuevos tratamientos, de la juventud de Ernesto, le preguntó si a sus cuarenta y nueve años estaba dispuesto a luchar y él contestó enérgico que sí, con todas sus fuerzas. Este mismo doctor nos derivó al oncólogo y la perspectiva cambió por que este se mostró menos posi...

La vergüenza

- ¡Rin, rin! Suena el despertador. Son las nueve; es pronto. Lo apaga. Fernando es un chico de primero de B.U.P. de los años ochenta, exactamente 1988. Tiene catorce años y había pasado de ser el niño tímido del colegio al chico tímido, pero popular, del instituto. Parece ser que una vecina veterana del instituto soltó la “bomba” de que su padre era un tipo fuerte de gimnasio y su madre una chica yeye rubia de ojos azules; en resumen, que como era hijo de “Barbie y Ken”. Iba camino a ser como los chicos de las revistas que todas llevaban en sus carpetas, cosa que nunca pasó, pero esto es de otra historia…Las chicas populares lo llevaban a la cantina a jugar a las cartas y los “malotes” querían ser su amigo para ligar con ellas. Fue desastre de trimestre: consiguió fama, un master en juegos de cartas y un millón de faltas de asistencia que sentenciaban su pena de muerte en casa. Algo tenía que hace. A la hora de comer, con su madre sonriente y su padre aún con el uniforme de Policía Na...

Yo estuve allí

El salón del restaurante estaba repleto. Repleto de gente trajeada, repleto de voces, de maquillaje, de olor a perfume caro. El protocolo lo exigía; ellos combinado de pantalón y chaqueta; ellas telas vaporosas, vestidos ceñidos las más, escotes atrevidos, las menos, en la muñeca, todos, la pulsera con la bandera patria. Los camareros, con sonrisa forzada, de grupo en grupo, se aseguraban de que no hubiese copas semivacías ni paladares segregando (que segregasen).Nadie los miraba. Los invitados cogían una copa, dos copas, tres…El bullicio iba en aumento. Las voces ensordecían. El alcohol también. La poderosa firma farmacéutica responsable del evento exigía que cada cual fuera portador de una tarjeta, una acreditación, lo llamaban , para acreditar que cada cual obedecía las consignas de la empresa: sumisión y rentabilidad , dos exigencias que les harían merecedores de sencillas contraprestaciones: degustación de exquisiteces gastronómicas, estancias en hoteles de lujo, (solos o acompaña...

En rosa

Quizá no sepamos nunca porqué María continúa escribiendo después de tantos años, de no haber ganado ningún premio ni el interés de ninguna editorial, ni haber pasado de unas ventas anecdóticas en sus dos libros publicados por autoedición. Pero, lo cierto es que sigue escribiendo, tanto poesía como relatos o pequeñas novelas. Tiene en proyecto y empezadas tres novelas más ambiciosas que no consigue terminar. “De momento”, eso dice en su cabeza. Porque no se rinde y cree que será capaz. ¿Por qué no se rinde? Quizá no sabe rendirse. Quizá se aferra a aquel encuentro. Quizá cree que fue un mandato, o una promesa o una premonición. Ella era joven, estudiante del Conservatorio de Música todavía, en Madrid. Cuando los días transcurrían entre estudio del instrumento, ensayos con los múltiples grupos de Cámara y la orquesta, clases teóricas y prácticas, viajes en metro y cercanías, comidas rápidas, cañas con los compañeros a cualquier hora del día (bastaba con que alguno lo sugiriera) y algún ...

Arturo Romero: nombre de ficción.

Decían que era un niño espabilado, que no lo podían engañar fácilmente, pero, se equivocaban. Había otros más espabilados que él o al menos con más mala leche que se aprovechaban de su buen hacer. Arturo se daba cuenta, incluso los veía venir. Sus risitas y sarcasmos les delataban, más no le importaba. Pensaba a sí mismo que eso le servía para aprender. Demasiado “aprendizaje” llevó a lo largo de su vida. “La línea que separa a una persona buena de otra tonta es tan delgada que nunca sabes cuando la traspasas”. Y eso le pasaba al chico también en su adolescencia. Quería ser bueno y a veces se convertía en tonto. Tenía gustos diferentes de sus amigos. Le gustaba la lectura, la poesía, el teatro, la música, cantar, incluso llegó a aprender algunos acordes y componer canciones, que él mismo cantaba con esa vieja guitarra que le regaló su tío Félix con todo el cariño del mundo, pero que en realidad sonaba igual que un gato metido en un saco. Era su diversión. Cuanto otros se divertían tira...

El mostrador de enfermería es una barra de bar.

Cada vez que algo se cuenta la verdad se desgasta, como si lo contado se lanzara al espacio y se despedazara por el roce de las miradas de quienes lo recuentan, por eso esta vez lo cuento yo, la persona a quien sucedió, para ver si al contarlo, yo mismo, soy consciente de lo que pasó, ..., es como alejarse para ver un paisaje, alejémonos: Antonio Díaz es llamado y entra a la sala de tratamientos, se pone una mascarilla, se lava las manos, le toman la temperatura y la tensión, se sienta en el sillón que le indican, la enfermera le toma una vía, le ponen las bolsas y los medicamentos van entrando al torrente sanguíneo gota a gota. Antonio no puede parar de hacerlo, de girar la cabeza y dirigir la mirada hacia el goteo; de vez en cuando, cada quince minutos por ejemplo, y al mirar al rededor se da cuenta de que todos los que allí están sentados, frente a frente, de vez en cuando miran su gotero.  Todos miramos nuestro gotero de vez de en cuando, como se mira la lluvia.  La sala e...

El Señor Cuervo

Ágata hizo girar el pomo de la puerta enrojecida del consultorio del doctor Bates. Odiaba el Padauk. ¿A quién se le ocurría poner una puerta con el color de la sangre? Pudo haberla pintado de blanco, una cosa más aséptica, más de clínica como en el interior, ¿no? Dios, era una herida abierta. Sacudió la cabeza y la empujó con asco. Detrás de ella, entró su inseparable compañera de achaques, Amelia. Ambas rondaban ya los ochenta. Avanzaron hacia sus asientos favoritos en la sala de espera. Carla, la asistente, acomodaba en su escritorio una serie de carpetas azules de papel manila con expedientes clínicos. —Hola, queridas, muy temprano, como siempre — les saludó con un ligero pestañeo. Ágata suspiró al dejarse caer en la confortable silla que casi había tomado su forma. Palpó las patas. —A que mueble tan fiel, y eso que este fin de semana subí un par de kilos más— dijo levantando una de las piernas hinchadas debido a la retención de líquidos. Era una mujer grande, ancha como un monolito...