La ventana
Ya están las cotillas otra vez en la calle; reunión de cotorras como todas las tardes, sentadas en sus sillas de madera, pegadas a la pareta; unas cosiendo, otras haciendo molde, otras ganchillo, hablando de todo lo que acontece y sucede en el pueblo.
Lola hoy ha sacao tostones. Hoy está contentica, eso es que su Manolo le ha traído la paga y está de buenas.
Cuánto va a sufrir esta mujer con ese demonio de hombre, que solo sabe soltar estufios y siempre va engangrenao. Todavía me acuerdo aquel día que ella salió con el ojo morao; decía que había tropezao, y yo, desde mi casa oía el trajín que tenían montao. Hasta salió una zafa volando por la ventana, que por poco le da a la zagala de Anselmo.
Y Anselmo, otro que tal baila. Mira también está sentaica la Paca, su mujer. ¡Ay, la Paca! Ocho zagales tiene con Anselmo. Ese hombre no tiene cabeza, aunque tiene los huevos muuu bien puestos, como dice él. Claro, como él no tiene que parir, pues a fabricar zagales. Pero ella no se queja. Gracias a sus vecinas comen en condiciones. Como la ven así, siempre le arriman algunas patatas o unos alcaciles; incluso Pepita de vez en cuando le da huevos…. Anda también esta Pepita.
Pobre Pepita, el año pasao se le murió su Emilio. Todavía no ha levantao cabeza con lo buena que es.
También es verdad que ha ganao en tranquilidad, porque, mía que bebía el condenao. Menos mal que no tenía un mal beber.
Cuando llegaba a su casa como una cuba, entraba por la era y antes de llegar a la puerta del patio ya había caído redondo al suelo. Y la pobre Pepita lo recogía, lo echaba a la carretilla y lo metía a la casa. Así que el pobre tenía el hígado hecho polvo.
Anda, acaba de llegar Maxi. ¡Qué demonio de crío! ¡Es tremendo!; es más listo, se le ocurre cada cosa…
Me acuerdo cuando Pepita me decía que su Emilio, que en paz descanse, después de muerto venía a comer abercoques a su casa. Ella iba a la tienda y por la tarde solo le quedaban la mitad. Todas le decíamos que se los comía ella sin darse cuenta, porque Pepita vivía sola, pero ella insistía en que eso era imposible.
Un día cansada de que la tomáramos por loca, después de venir de la tienda de comprar unos abercoques, se le ocurrió la idea de ver cómo su Emilio venía a disfrutarlos. Así que se apostó debajo de la mesa de la cocina y allí esperó y esperó. Después de tres horas escuchó girar la cerradura de la puerta de la casa y unos pasos sigilosos acercándose a la cocina. Ella pensó que eran ladrones, y cuál fue su sorpresa cuando vio a Maxi entrar, dirigirse hacia los abercoques, cogerlos y morderlos con ansia, cayéndole unos chorretones de jugo por la barbilla, se relamía mientras se echaba a la boca todos los que le entraban.
Ella no pudo reprimir su ira: salió como un basilisco de debajo de la mesa, cogió la escoba y salió detrás del pobre zagal, moliéndolo a escobazos y soltando por su boca lo indecible. El crío por poco se atraganta; todavía no sabemos cómo sobrevivió a semejante susto. ¡Cuánto me pude reír cuando lo contó...!
En ese momento, Maxi miró a la ventana y dijo:
—Abuela, deja de cotillear por la ventana y sal con las comadres a platicar un ratico.
ANGELES FERNANDEZ
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