Los pies bajo el agua
La novia, ya dormía en los “modernos colchones de esponja”. Los de lana y borra se habían quedado en la casa de campo que les dejaban los señoritos, para vivir y trabajar en sus tierras. Al irse al pueblo, aunque seguían llevando ese trabajo ya no vivían en esta casita.
El novio se empeñó en que quería para la habitación matrimonial un colchón de lana. Vamos, de esa lana de verdad, de la que esquilan a las ovejas. La novia se moría por uno de esos que le llamaban Flex, pero no pudo convencer al novio. Las madres de ambos se pusieron de acuerdo para comprar la lana. Bueno, he de decir que las madres en esos tiempos eran quiénes “dirigían la orquesta” del futuro matrimonio. Cuando vi los sacos de lana, por poco me da un “patatús”. No me había dado cuenta de la mierda que podría llevar una oveja encima. Aquello no había por dónde cogerlo y tenía mucho trabajo ponerlo en condiciones. En primer lugar había que ir a una finca de riego donde pasara una boquera de agua continuamente. Pedir permiso al jefe para ver si dejaba lavar allí la lana. Las madres se encargaron de todo, como siempre. En un pequeño canal en alto, donde corría el agua que salía del pozo, allí pusieron una rejilla para que no fuera a parar a los sembrados. Íbamos cogiendo pegotes de aquella mierda marrón, que llamaban lana y restregamos hasta que se quedara limpia y blanca como el algodón. El siguiente proceso sería ponerla en el patio al sol para que se secara. Tirarte después tres días abriendo mechón por mechón y meterlos en la tela que habían elegido como colchón. Pero, mientras estábamos lavando aquella porquería, sentía en las manos el placer del agua clara y fresca que corría por el canal. Era un día caluroso, aún no había llegado el verano, pero el sol calentaba sin remordimientos. Aún llevando cada una de nosotras un sombrero de paja, de esos que se usaban para trabajar en el campo, el calor se hacía visible. La novia, (O sea, yo) no pudo resistir la tentación de refrescarse, ante el asombro de las mamás y amigas de mamás. Me quité los zapatos, me senté en la orilla del canal y metí los pies dentro. Allí estuve un buen rato a pesar de las protestas de las lavanderas. ¡Oh, y qué bien se estaba con los pies bajo el agua!
Mari Carmen Olmos
P. D. El esposo dormía tan a gusto. La esposa renegando varios años, haciendo cada mañana la cama de lana, para quitar esos mendrugos que abultaban. Tenía que verse la superficie lisa. Como "buena mujer de su casa".
El novio se empeñó en que quería para la habitación matrimonial un colchón de lana. Vamos, de esa lana de verdad, de la que esquilan a las ovejas. La novia se moría por uno de esos que le llamaban Flex, pero no pudo convencer al novio. Las madres de ambos se pusieron de acuerdo para comprar la lana. Bueno, he de decir que las madres en esos tiempos eran quiénes “dirigían la orquesta” del futuro matrimonio. Cuando vi los sacos de lana, por poco me da un “patatús”. No me había dado cuenta de la mierda que podría llevar una oveja encima. Aquello no había por dónde cogerlo y tenía mucho trabajo ponerlo en condiciones. En primer lugar había que ir a una finca de riego donde pasara una boquera de agua continuamente. Pedir permiso al jefe para ver si dejaba lavar allí la lana. Las madres se encargaron de todo, como siempre. En un pequeño canal en alto, donde corría el agua que salía del pozo, allí pusieron una rejilla para que no fuera a parar a los sembrados. Íbamos cogiendo pegotes de aquella mierda marrón, que llamaban lana y restregamos hasta que se quedara limpia y blanca como el algodón. El siguiente proceso sería ponerla en el patio al sol para que se secara. Tirarte después tres días abriendo mechón por mechón y meterlos en la tela que habían elegido como colchón. Pero, mientras estábamos lavando aquella porquería, sentía en las manos el placer del agua clara y fresca que corría por el canal. Era un día caluroso, aún no había llegado el verano, pero el sol calentaba sin remordimientos. Aún llevando cada una de nosotras un sombrero de paja, de esos que se usaban para trabajar en el campo, el calor se hacía visible. La novia, (O sea, yo) no pudo resistir la tentación de refrescarse, ante el asombro de las mamás y amigas de mamás. Me quité los zapatos, me senté en la orilla del canal y metí los pies dentro. Allí estuve un buen rato a pesar de las protestas de las lavanderas. ¡Oh, y qué bien se estaba con los pies bajo el agua!
Mari Carmen Olmos
P. D. El esposo dormía tan a gusto. La esposa renegando varios años, haciendo cada mañana la cama de lana, para quitar esos mendrugos que abultaban. Tenía que verse la superficie lisa. Como "buena mujer de su casa".
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