Mentiras piadosas



Marta era mi amiga y bien que me lo demostró. Yo estaba pasando una época delicada, una crisis, me había separado y estaba de mudanza. Dejaría la casa familiar, eso habíamos pactado quien había sido mi pareja y yo, y me llevaría mis enseres y algunos muebles, pero no tenía donde ir que me interesara y no paraba de buscar.

Marta me había llamado por teléfono esa mañana y al conocer el quebradero de cabeza que me invadía, me hizo una propuesta, de esas que solo hacen los amigos de verdad.

El piso que tengo en la calle Lope de Vega, se me acaba de desocupar y aún no he vuelto a alquilarlo, te vas allí el tiempo que necesites, ¿ me oyes?.

Si, te oigo -le dije- pero no quiero molestarte, en todo caso te pagaría el alquiler.

Que te olvides de todo eso, es un sitio para relajarte precisamente, coger fuerzas, impulso, y pensar en una estupenda vida nueva.

Te voy a hacer caso Marta, porque lo cierto es que estoy muy agobiada.

A lo que me contestó con mucha ternura.





Lo se,


y por si te interesa hacer amigos nuevos, justo enfrente vive mi cuñada que tiene un niño de unos seis años y su marido que es un tío muy atractivo, pero tu ni mirarlo, que ellos son ahora muy felices. ( Ya sabes que esto último es broma).

Solicité unos días libres en mi trabajo y me los concedieron. Pero aquellos días interminables ya no sabía qué hacer. Hasta que una tarde advertí que la ventana del salón, daba a la calle, la única de la calle. Las cortinas eran traslúcidas pero aun así las abrí de par en par y bajé la persiana sin cerrarla del todo. Aquello agujeritos luminosos se convirtieron en una forma de sobrellevar aquel tiempo de hastío y soledad que me sobrepasaba. Comencé a mirar por aquella ventana sin mucho interés pero con alguna curiosidad, se veía perfectamente el edificio que estaba en frente.

Todo transcurría con excesiva normalidad, era una calle enlosada, sin tráfico, la gente caminaba, paseaba, los niños jugaban. Y yo me fijé en un pequeño, con el pelo lacio y moreno de unos seis años que cada tarde y a la misma hora bajaba de su piso a jugar al balón.

Una media hora antes, salía una mujer joven, poco agraciada físicamente la verdad y que andaba muy acelerada como si llegara tarde al lugar que iba, siempre iba igual. Me fije en el pequeño balcón y ahí estaba el padre de la criatura, un espécimen alto y delgado y mucho más dotado de belleza que la señora.

Solo un poco más tarde aparecía una mujer bastante más joven con una melena muy larga, morena, con tacones altos, muy delgada y elegante en su movimiento al andar. Llamaba al timbre e inmediatamente le habían abierto la puerta. Luego salía al balcón con el señor y desde allí hablaban con el niño y le pedían que tuviera cuidado y que lo pasara bien con su pelota.

El hombre agarraba a la chica por la cintura, la besaba en la boca y en el cuello. Me quedé tan sorprendida y a pesar de ver lo que pasaba, me costaba creerlo.

Llamé a Marta y le hablé como si fuera de casualidad de su cuñada. Le dije que no solía verla cuando yo salía a pasear un rato de tarde en tarde. Y ella tan locuaz como siempre empezó a contarme:

No me extraña que me digas eso, porque trabaja mucho, todas las tardes hasta la hora de la cena. Y su marido también. Por esa razón contrataron a una niñera para que les cuidara al niño, que es tan pequeño, juega con él, lo lleva de paseo, le da la merienda.

Y añadió – por cierto, ¿ le has visto a él ? Es muy guapo. Hace tiempo tuvo una pequeña aventura, un escarceo sin importancia le dijo él a mi cuñada y ella me comentó un día, que lo había pasado muy mal y que las mujeres no le dejaban en paz, pero que ella le había dicho que ya no le pasaba ni una más y que ahora estaban muy bien, solamente que trabajaban mucho, para terminar de pagar la casa, los gastos del niño y tantas cosas.

Pues no lo he visto, conteste yo.

Tentada estuve de contarle “ la película “ que veía todas las tardes desde mi ventana, pero no lo hice, por que después de pensarlo mejor. ¿ qué necesidad había de hacerlo ?

MARIA JOSE SAURA

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