Soledad de bordes suaves



Waldo sonríe. Levanta sus binoculares y mira hacia abajo buscando las manos de la señora Celeste. Así la ha llamado él. Desde el octavo piso, apostado en su silla de mimbre, observa al mundo inferior desde su balcón. Tres pisos abajo y frente a él, se sitúa el edificio que sus ojos escudriñan. La ventana de la cocina de doña Celeste no es grande, pero desde ella ve cómo abre su libro de cocina y selecciona una receta.

—¿Qué comeremos hoy, Celi? Veamos. No, no titubees. Vamos, esa de allí. Mira qué foto más chula, hasta acá huele delicioso. Berenjena rellena, fantástico. No te apresures, ¿eh?

Celeste desaparece de la ventana dispuesta a poner en la encimera los ingredientes requeridos.

Waldo se levanta de su silla, entra en su acristalado apartamento con acabados color humo cálido. Va a la cocina a seleccionar los suyos. Regresa al balcón y coloca todo encima de una mesilla y luego se sienta al borde de la silla. Toma los binoculares y Celeste va cortando las verduras. Al mismo ritmo, Waldo hace lo suyo.

Él vive solo en su recinto acristalado. Su salud ha mermado con el paso del tiempo. Ya no sale, pero siente que su soledad es algo vivo, esférico, latente. Incluso amable. En cambio, el mundo exterior tiene aristas agudas, filos peligrosos. Como no puede salir, observa desde el balcón las ventanas de sus vecinos, buscando otras vidas.

Su familia lo dejó durante su enésimo internamiento hospitalario, cuando ya lo daban por muerto. Al regresar, el lujoso apartamento era una oquedad sin lustre, como el interior de un ojo, una sala oscura a la que solo la luz exterior le da vida.

Descubrió entonces cientos de ventanas y comenzó a vivir con los otros: leyendo bajo el sol, haciendo ejercicio, escuchando música, escribiendo relatos, armando rompecabezas. Todo aquello le permitía compartir algo desde la sombra de sus cristales oscurecidos. Él no lo llamaba espionaje. Necesitaba otras vidas como otros necesitan transfusiones. Practicaba una especie de vampirismo ocular que le ayudaba a sobrevivir.

Un invierno, sin que pudiera precisar cuándo, algo cambió. Primero fueron las cortinas del cuarto piso; luego, las persianas del tercero. La gente parecía haberse vuelto más pequeña, más cerrada. Poco a poco, las ventanas fueron bloqueando la luz como párpados que ya no quieren ver. Solo Celeste y su familia mantenían libres las de la cocina y el comedor.

Llegó el día en que Celeste se fue con su familia y llegaron otros vecinos que de inmediato oscurecieron las ventanas. Fue un duro golpe para Waldo. Ya no tenía adónde mirar, y la soledad, aunque redonda, era hueca y su superficie, suave, pero muerta.

Un día buscó con sus binoculares donde encallar su mirada inquieta… nada. Levantó la vista y entonces la vio. Era dura, de aristas afiladas, pero con un ojo redondo y oscuro: una cámara. ¡Vaya, pero si… claro!

La había colocado su esposa para monitorear su estado de salud. Pero al entrar a buscar el dispositivo de control, encontró algo que no esperaba detrás de un armario: varios discos duros apilados, un ordenador sencillo y silencioso, dedicado en secreto a registrar todo lo que ocurría frente a esa ventana. Años de Celeste. Recetas que él no había visto, mañanas que ignoraba, una vida entera filmada antes de que él empezara con su vampirismo ocular.

Pidió la pantalla más grande que encontró en el catálogo, la colgó en la pared del salón y la convirtió en su nueva ventana. Una para ver hacia adentro. La soledad seguía ahí —más zombi que esférica, más hueca que amable—, pero ahora tenía textura, tenía voz, tenía berenjenas rellenas.

Pasó el tiempo. Y en una ocasión, la pantalla le mostró ese día exacto en que Celeste abrió el libro de cocina y se puso a cortar las berenjenas. Él estaría distraído, pues no vio como ella levantó la vista hacia la ventana de Waldo, bloqueó el sol con la palma de la mano... y le saludó.

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Santiago Manuel de la Colina
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