El susurro
Navegando con la suave brisa de la mañana, sentada en el faldón de popa y mirando al infinito, dejo que mis pensamientos se enreden e hilen historias imposibles que el viento de poniente termina llevándose.
El agua salada acaricia mis pies y deja una estela sobre el mar, como si escribiera un poema efímero que me mantiene hipnotizada. De fondo se escuchan risas, canciones y conversaciones; me llaman, pero son voces que el viento arrastra lejos de mí.
Y yo disfruto del momento.
Aquí, sentada en este velero, aislada en mi pequeño mundo secreto, cierro los ojos y siento el agua fresca en mis pies, el viento en mi cara, el sol en mi piel, la sal en mi paladar… y en mis oídos, la caricia del susurro de este mar mío, el mismo que desde pequeña he disfrutado y que tantos secretos guarda.
A veces, cuando presto mucha atención, me los cuenta.
Secretos de amores y traiciones, de odios y anhelos, de esperanzas imposibles; secretos de vidas que intento plasmar en un papel con sumo cuidado y esmero, acariciándolo delicadamente con mi pluma mientras voy forjando historias.
Recuerdo el primer día que me susurró.
Fue muy suave, como la brisa que acaricia tus mejillas en un día de verano: tenue y, sin embargo, intensa.
Yo estaba sentada en la arena. Las olas jugaban con mis pies y mis ojos cerrados agudizaban el resto de mis sentidos.
Un susurro llego a mis oídos
—Lissss… Lissss…- miré alrededor.
La playa estaba desierta. Era finales de mayo. Pensé que era mi imaginación. Volví a cerrar los ojos. Y entonces escuché de nuevo el susurro.
—Lisss… soy el mar y te voy a contar una historia.
Me quedé sorprendida, pero seguí con los ojos cerrados y escuché. Escuché con avidez, con deseo.
Y me contó la historia de Juan, el pescador de estrellas.
—Había un pescador llamado Juan que todas las noches salía al mar. Era un buen hombre, aunque tenía un defecto: estaba enamorado de la luna.
Era su obsesión.
Esperaba cada mes el momento en que la luna llena aparecía en el cielo, porque una antigua leyenda, decía que el hombre que lograra atrapar en sus redes el reflejo de la luna llena, podría transformarla en mujer y sería suya para siempre.
Por eso, cada luna llena salía a pescar su reflejo sobre el mar.
Lo intentó durante años.
Durante décadas.
Una noche mientras Juan intentaba sacar las redes del mar, un golpe de viento lo hizo caer al agua, con tan mala suerte que cayó sobre ellas.
Esas mismas redes que durante años habían intentado cazar el reflejo de la luna llena, terminaron envolviéndolo en un abrazo mortal.
Al ver lo ocurrido la luna tubo piedad de él.
Lo cogió suavemente del agua y se lo llevó consigo.
Y desde entonces, si miramos la luna con el corazón, podremos ver al pescador feliz junto a su amada, pescando estrellas para regalarle en agosto un ramo de perseidas.
Esa fue la primera de las infinitas historias que me contaría después.
Solo tenía que acercarme, cerrar los ojos y escuchar.
Escuchar su palpitar.
Su batir de olas.
Sus narraciones.
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