Espejo Marino
Oigo al mar llamarme por mi nombre, y a la arena seca, que se sumerge en su espuma, clamar por la piel de mis pies. No sé cuánto tiempo llevo mirando esa orilla verdosa y a la gente entrar en sus aguas. Hace tanto que no he tentado a las olas a tocarme siquiera. Algo en su profundo turquesa ondea con sus misterios.
Todos los días me acerco a la playa, a unos metros del vaivén de la marea. Me descalzo, dejo que mis pies sientan la arena y que los dedos recojan sus grumos. Hoy, el magnetismo de la orilla me doblega. Doy un paso al frente.
El roce del agua en mi empeine no es frío; es una caricia que se disuelve en mi piel. Al hundir los talones en la arena húmeda, bajo el agua transparente, siento el pánico de la licuefacción. No temo ahogarme; temo deshacerme. Temo que el mar borre mis contornos, que mis piernas se vuelvan corrientes y mi memoria, sal.
Sé que, si avanzo un poco más, si permito que el agua me cubra los tobillos, dejaré de ser yo. ¿Me convertiré en un pólipo primitivo atrapado para siempre en el latido verde del mar?
Con los pies atrapados en el agua, suspendido entre la fascinación y la pérdida de mí mismo, miro mis dedos sumergidos. No parecen míos; son raíces que empiezan a transformarse en coral. Retrocedo; mis latidos me rompen. ¿Le daré al mar mi propia sal? Decido desafiar el abismo de mi propia fobia. Avanzo. Pero mi mente grita: «¡No! Que no me cubra, no quiero ser disuelto». Me niego a ser hijo del mar; yo soy hijo del aire. Me aferro a esa idea con la fuerza de un náufrago: soy aire, soy aliento, soy viento.
Entonces sucede algo que no imaginé ni esperé.
Mis pies no se sumergen. La superficie del agua no se rompe; se tensa bajo mi peso como una piel viva. No floto en el aire… camino sobre el agua. A mi alrededor, la gente de la playa empieza a retroceder, con los ojos abiertos, muda de un temor supersticioso.
Solo una niña no huye. Está sentada en una zona de poca profundidad donde el agua mansa le cubre hasta la cintura. Me mira, sin parpadear, fascinada por el hombre que no se hunde.
Doy gracias al viento y hablo con él. Siento la garganta cerrada y la boca pastosa. Al ras de este espejo, el aire es puro yodo. Instintivamente, me paso la lengua por los labios resecos.
La niña rompe el silencio con una pregunta que flota en la calma:
—¿Es que tus palabras te saben a mar?
Bajo la vista y miro mis pies: la superficie del agua permea a través de los poros, subiendo por mis tobillos como savia invisible. Me paso la lengua otra vez.
—Sí —respondo, y mi propia voz me suena a eco ancestral—. Saben a todo mar, a su sal, a sus criaturas... Saben también a milagros.
Santiago Manuel de la Colina
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