Mis veranos olvidados.
Siempre fui un niño triste, callado, tranquilo hasta el extremo; sería por mi problema cardiovascular o mi aguda alexitimia, pero nunca me interesó nunca mucho nada.
Las risas me parecían algo extraño, incluso molesto, ruidoso.
Los juegos, las carreras, los escondites, los juguetes... todo eso era tan extraño para mi.
Me gustaba mirar por la ventana, contar las gotas de agua que caían en la lluvia, o como bailaban las briznas de hierba en el verano.
Odiaba el mar, ¡aaaah!¡cómo lo odiaba!
Mi madre, con su eterna mirada vacía, me dejaba en aquel cutre balneario, con los pies colgando, sentado sobre unas tablas viejas, con los pies en el agua, ese agua caliente, como de charco al sol.
Yo agachaba la cabeza, cubierta por un enorme sombrero de tela que me protegía, miraba mis pies, mis pequeños pies en el agua, ese agua caliente, o miraba los pececillos nadar, me gustaba imaginar que bailaban en una eterna fiesta de gala, como en las películas antiguas, esas películas en blanco y negro que mi madre veía.
Yo miraba el mar, bueno, “mar” ese charco caliente de agua salada y sucia, con balnearios que nadie había pedido.
Miraba mis pies, mis pequeños pies, mis pies pequeños en el agua, ese agua caliente.
Odiaba el mar, odiaba la playa, odiaba el calor, la gente, el ruido, el sol abrasador, la arena que todo lo pringaba, odiaba el verano y todo lo que conlleva.
Ese eterno verano de sudor, calor y quietud.
Mi madre me miraba de reojo, lo justo para comprobar, cada unos cuantos minutos, que seguía donde me había aparcado, quieto, mirándome los pies. No sé si hubiera desaparecido, que hubiera hecho, ¿gritar? ¿correr? ¿llorar? o simplemente esperar a que volviera de la mano de algún desconocido, que se hubiera cruzado conmigo, y se hubiera apiadado de un niño pequeño, solo, deambulando por la playa con un enorme y horrible sombrero de tela.
La playa, esa sucia y atestada playa de pueblo turístico de tercera, con un agua caliente y sucia, odiaba el verano, el eterno y caluroso verano.
Siempre fui un niño extraño y callado, ahora ya soy mayor, casi provecto, sigo siendo una persona tranquila y silenciosa, que no respira fuerte por no hacerse notar, antes simplemente era un niño con los pies en el agua, y a veces lo extraño.
Las risas me parecían algo extraño, incluso molesto, ruidoso.
Los juegos, las carreras, los escondites, los juguetes... todo eso era tan extraño para mi.
Me gustaba mirar por la ventana, contar las gotas de agua que caían en la lluvia, o como bailaban las briznas de hierba en el verano.
Odiaba el mar, ¡aaaah!¡cómo lo odiaba!
Mi madre, con su eterna mirada vacía, me dejaba en aquel cutre balneario, con los pies colgando, sentado sobre unas tablas viejas, con los pies en el agua, ese agua caliente, como de charco al sol.
Yo agachaba la cabeza, cubierta por un enorme sombrero de tela que me protegía, miraba mis pies, mis pequeños pies en el agua, ese agua caliente, o miraba los pececillos nadar, me gustaba imaginar que bailaban en una eterna fiesta de gala, como en las películas antiguas, esas películas en blanco y negro que mi madre veía.
Yo miraba el mar, bueno, “mar” ese charco caliente de agua salada y sucia, con balnearios que nadie había pedido.
Miraba mis pies, mis pequeños pies, mis pies pequeños en el agua, ese agua caliente.
Odiaba el mar, odiaba la playa, odiaba el calor, la gente, el ruido, el sol abrasador, la arena que todo lo pringaba, odiaba el verano y todo lo que conlleva.
Ese eterno verano de sudor, calor y quietud.
Mi madre me miraba de reojo, lo justo para comprobar, cada unos cuantos minutos, que seguía donde me había aparcado, quieto, mirándome los pies. No sé si hubiera desaparecido, que hubiera hecho, ¿gritar? ¿correr? ¿llorar? o simplemente esperar a que volviera de la mano de algún desconocido, que se hubiera cruzado conmigo, y se hubiera apiadado de un niño pequeño, solo, deambulando por la playa con un enorme y horrible sombrero de tela.
La playa, esa sucia y atestada playa de pueblo turístico de tercera, con un agua caliente y sucia, odiaba el verano, el eterno y caluroso verano.
Siempre fui un niño extraño y callado, ahora ya soy mayor, casi provecto, sigo siendo una persona tranquila y silenciosa, que no respira fuerte por no hacerse notar, antes simplemente era un niño con los pies en el agua, y a veces lo extraño.
Tiago Insolación.
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