Sangre en la comisura

El niño, con el dedo índice, desde el corredor de la cueva, une una estrella con otra, dibujando un tiburón en el cielo nocturno,  bajo la supervisión de su madre. Los dos acababan de comer lo cazado, y con el hambre apaciguada, no hacía falta verbalizar lo maravilloso del momento. Ante la inmensidad cabe lo minúsculo, que es a la vez apoteósico y patético: dos seres con sangre en la comisura de los labios resignifican el paisaje; ante esa imagen, cualquier pintor, desde lo más íntimo, lloraría. La madre acaricia el pelo del pequeño cromañón y con la mirada le dice guapo, y el niño sonríe.

Toni Díaz

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